Cortesía;
Laura Ximena Orjuela
Jefe de Prensa
Politécnico Grancolombiano
lxorjuela@poligran.edu.co

Por: Leidi Andrea Guzmán, docente de la Escuela de Estudios en Psicología, Talento Humano y Sociedad de la Universidad Politécnico Grancolombiano

El Mundial no solo se ve, se siente. Cada cuatro años confirmo que el fútbol no es un espectáculo, es una experiencia emocional que nos atraviesa sin pedir permiso, incluso por encima de la razón. Por eso gritamos, lloramos o discutimos como si algo propio estuviera en juego. Y sí lo está: nuestra identidad.

Desde mi experiencia en el Politécnico Grancolombiano he llegado a una idea que se repite más de lo que nos gustaría aceptar: el hincha no cambia tanto como cree. Decide, defiende y siente desde los mismos lugares una y otra vez, incluso cuando la evidencia le dice lo contrario.

Lo verdaderamente llamativo es que el cerebro no registra el partido como entretenimiento, lo procesa como pertenencia. Cuando la selección gana, se activan circuitos de recompensa similares a los de un logro personal; cuando pierde, la reacción se acerca a la de una pérdida real. En ese instante desaparece la distancia, ya no son ellos jugando, somos nosotros sintiendo.

Esa intensidad no es casual. La oxitocina, vinculada al apego, aparece en escena y convierte al equipo en un vínculo emocional real; por eso no soltamos fácil. El hincha no solo apoya, se vincula. Y ahí aparece un primer momento clave: no seguimos al equipo porque siempre gane, lo seguimos porque nos ayuda a explicar quiénes somos.

Curiosamente, cuando evaluamos el juego, no somos tan racionales como creemos. El cerebro toma atajos. Buscamos confirmar lo que ya pensamos, minimizamos los errores del propio equipo y exageramos los del rival. Después del resultado, juramos que era predecible. Y así construimos relatos que nos dan la razón, aunque muchas veces estén lejos de serlo.

Ahí aparece un punto importante: el hincha simplifica decisiones complejas. Convertimos debates tácticos en falsos dilemas: “o juega esta figura o no hay esperanza”. El cerebro necesita resolver rápido, no necesariamente bien. Y en esa urgencia emocional, dejamos de ver alternativas que podrían ser más inteligentes.

Ahora bien, lo que desde afuera parece irracional tiene una coherencia interna. Las emociones no interrumpen la decisión, la dirigen. Un gol libera dopamina y nos dispara a la euforia; una derrota enciende la amígdala y activa respuestas de amenaza. En ese vaivén, la capacidad de autocontrol baja. No somos menos racionales: somos profundamente humanos.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué no abandonamos al equipo cuando duele tanto? Porque no es una elección fría: es historia, familia, memoria. Cambiar de equipo sería traicionar una parte de quiénes somos. Incluso la frustración termina alimentando el vínculo, como si sufrir también hiciera parte del ritual.

El Mundial de Fútbol lo amplifica todo. No solo vemos partidos, sino que compartimos un relato nacional, las neuronas espejo nos hacen sentir dentro de la cancha y los otros nos contagian emociones en tiempo real. Y aquí dejo una idea que me inquieta: el hincha no siempre quiere ser racional, quiere pertenecer.

Tal vez el reto no es dejar de sentir, sino entender cuánto de lo que defendemos nace más del corazón que dé la razón.