Cortesía:
María del Pilar Pineda
Periodista
- Con sus Centros de Desarrollo Comunitario en La Guajira, la Fundación Challenger apuesta por un modelo que transforma la inversión social en desarrollo sostenible para las comunidades wayúu.
La Fundación Challenger apuesta por un principio que está en el corazón mismo de la idea de desarrollo: crear capacidades. En lugar de entregar obras terminadas, su modelo busca dejar capacidades instaladas en las comunidades, de modo que sean ellas quienes lideren y sostengan su propio desarrollo.
Este enfoque se enmarca en un modelo de valor compartido, en el que el crecimiento empresarial y el desarrollo social avanzan de la mano: la inversión social no es un esfuerzo separado de la operación, sino una forma de generar valor tanto para las comunidades como para el país. Uno de los proyectos donde este principio cobra forma es el que la Fundación desarrolla en La Guajira, con un enfoque territorial que parte de las necesidades y capacidades propias de cada comunidad.
La iniciativa nació como «Cocinas del Oasis», para atender necesidades de infraestructura alimentaria infantil en comunidades indígenas. Con el tiempo, gracias a un riguroso proceso de investigación social participativa —desarrollado en diálogo directo con las comunidades y en su propia lengua, el wayuunaiki—, evolucionó hacia algo más ambicioso: los Centros de Desarrollo Comunitario, espacios integrales que no se limitan a la seguridad alimentaria, sino que se conciben como entornos multipropósito para la formación, la cohesión social, la capacitación técnica en oficios y el fortalecimiento cultural de los territorios. Mediante procesos de co-creación del diseño, los espacios pasaron de ser cocinas a convertirse en lugares dotados con aula, cocina y auditorio, pensados para impulsar el desarrollo de toda la comunidad: niñas y niños, manipuladoras de alimentos y población en general.
El proyecto insignia de esta etapa fue el Centro de Desarrollo Comunitario de la comunidad de Pooloshi, entregado en septiembre de 2025: un complejo flexible y adaptable a talleres, manipulación y preparación de alimentos, reuniones y eventos culturales, concebido para dejar capacidades instaladas y permitir el intercambio de saberes, combinando las tradiciones ancestrales con la formación técnica para que las comunidades autogestionen su propio desarrollo sostenible.
El modelo está diseñado por fases, y una de sus piezas clave es la formación técnica en construcción. La idea es que el Centro de Desarrollo Comunitario se levante en colaboración con la comunidad, vinculando activamente a sus miembros. Este intercambio no solo transfiere capacidades: también busca preservar la identidad cultural de las comunidades wayúu, respetando su territorio y honrando su legado ancestral. Así, la formación deja de ser un servicio externo y se convierte en una capacidad propia de la comunidad.
Este avance capitaliza las lecciones aprendidas en las fases previas del proyecto en los municipios de Uribia, Manaure y Riohacha, con impacto en seis comunidades indígenas —Yatashi, Jisentira, Walaschen, Polooshi, Wakuaipamana y Mechuamana—. A lo largo de este proceso, la iniciativa ha fortalecido las condiciones de más de 900 estudiantes y el tejido social de 240 familias. En la vida cotidiana, soluciones tan sencillas como la sombra o los fogones de piedra han hecho que la preparación de los alimentos sea más cómoda, limpia y digna, y que estos lugares se conviertan, además, en puntos de encuentro para la comunidad.
Tras la culminación de Pooloshi, la Fundación Challenger inicia ahora una nueva etapa con el Centro de Desarrollo Comunitario de la comunidad de Monte Rey, que refuerza la apuesta por la sostenibilidad autónoma: los mismos miembros de la comunidad avanzarán en su formación técnica en construcción para encargarse de manera independiente del mantenimiento futuro de su centro.
Detrás de este propósito hay una empresa colombiana que ha crecido como negocio mientras impulsa el desarrollo del país, demostrando que el progreso empresarial y el bienestar de las comunidades pueden construirse juntos. Como parte de ese compromiso, la Fundación Challenger impactó en su último año a más de 2.200 personas en todas sus operaciones en el país, a través de programas sociales y de formación.
Sobre Challenger
Es una empresa colombiana con más de 60 años de trayectoria en el diseño, fabricación y comercialización de electrodomésticos, soluciones para cocinas integrales y productos para el hogar. Cuenta con sede y plantas de producción en Bogotá y hoy en día emplea a más de 1700 personas, además, produce anualmente más de 850.000 unidades, abasteciendo tanto el mercado nacional como a países de América Latina.





