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  • 20 niñas y niños de diez países de Iberoamérica fueron los ganadores de la tercera edición de ‘Macondo sí tiene quien le escriba’, el concurso de la Fundación Gabo y CAF que los invitó a imaginar su futuro.
  • Antes de recibir el premio en Cartagena, 18 de los ganadores recorrieron los territorios del Caribe colombiano que marcaron la vida y la obra de Gabriel García Márquez y compartieron algunas de las preocupaciones que inspiraron sus relatos, como el agua, el clima, la tecnología y la desigualdad.

En Aracataca, a las cuatro de la tarde, el calor cae sobre el andén donde el coronel Nicolás Márquez llevaba de la mano a Gabito, su nieto, para ver pasar el tren amarillo de la compañía bananera que años después se convertiría en literatura. Hace unos días, a esa misma hora y por esa misma vía, volvió a pasar un tren, y 18 niñas y niños de diez países de Iberoamérica se quedaron mirándolo pasar con asombro, como alguna vez lo hizo el futuro nobel de Literatura.

Llegaron al pueblo natal del autor colombiano no como turistas sino como colegas: eran parte de los ganadores de la tercera edición de ‘Macondo sí tiene quien le escriba’, el concurso de relatos para niños y niñas de 10 a 13 años que organizan la Fundación Gabo y CAF –banco de desarrollo de América Latina y el Caribe–, con el apoyo de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) y del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc).

Cada uno había escrito sobre su propio mundo posible: una niña que desafía a una sociedad automatizada que le niega el derecho a estudiar, otra que siembra una estrella para devolverle a su ciudad el cielo nocturno que le había robado la luz artificial, un niño que se propone convertirse en inventor de recuerdos para salvarle la memoria a su abuela.

La visita a Aracataca fue apenas la escala inicial de un recorrido que, del 9 al 13 de septiembre de 2026, llevó a 18 de los ganadores por Santa Marta y Barranquilla, hasta terminar en Cartagena, donde subieron a un escenario para recibir el premio por sus historias, escritas a partir de una invitación y un reto: “Imagina tu futuro”.

La convocatoria, abierta del 28 de agosto al 28 de noviembre de 2025, recibió 2.111 postulaciones de 18 países. El jurado –integrado por los escritores Julio Serrano Echeverría (Guatemala), Biyú Suárez Céspedes (Bolivia) y Velia Vidal (Colombia)– eligió 20 relatos ganadores a partir de una preselección de 114. En su acta, destacaron los textos en los que la voz de niñas y niños aparece sin filtros adultos ni artificios de inteligencia artificial, y celebraron las formas inesperadas de contar, como un humano de metal, un ratón robótico y hasta una niña convertida en nube. Cuando la IA amenaza con hablar por las nuevas generaciones antes de que encuentren su propia voz, dijeron, espacios como este son un contrapeso necesario.

Un recorrido, con premiación, por el Caribe de García Márquez

Como parte del premio, los autores ganadores, acompañados por sus padres o acudientes, viajaron durante tres días por los territorios del Caribe que marcaron el universo de Gabriel García Márquez. El recorrido partió desde Santa Marta, ciudad donde se casaron los padres del nobel en 1926 y donde murió, once años después, su abuelo, el coronel Nicolás Márquez. La primera parada fue en Aracataca, donde visitaron la Casa Museo Gabriel García Márquez y, a pocos metros, la Casa del Telegrafista, donde trabajó su padre, antes de acercarse a la estación del tren. De regreso en Santa Marta, caminaron por la ciudad y participaron en un taller de escritura creativa con el escritor David Cortés, en la Biblioteca Gabriel García Márquez del Banco de la República.

De ahí viajaron a Barranquilla, donde García Márquez estudió parte de su secundaria y publicó algunos de sus textos periodísticos más tempranos, y recorrieron algunos de los lugares emblemáticos de la ciudad. La última parada fue Cartagena, donde conocieron la casa de Gabo en la Ciudad Amurallada, hicieron el tour gastronómico “El menú de Gabo” por el Centro Histórico y visitaron el Claustro de La Merced, donde reposan las cenizas del escritor, fallecido en 2014.

En esta ciudad tuvo lugar la ceremonia, la noche del 12 de septiembre, donde los autores de los relatos ganadores recibieron un trofeo llamado Mundos posibles, pensado para ser “leído” con las manos y revelar distintas figuras según el ángulo desde el que se mire. También pudieron conocer las ilustraciones que diez artistas de distintos lugares de Iberoamérica hicieron para acompañar los 20 relatos ganadores en la antología que los reunirá.

Los futuros que imaginaron

En lugar del discurso protocolario que tenía preparado para los ganadores, Alejandra Claros Borda, secretaria general de CAF, optó por conversar con tres de los jóvenes autores, elegidos al azar: Simón Viteri Jervis, de Cumbayá (Ecuador); Safrys Valenzuela Reinoso, de Abancay (Perú), y Samuel Simón Alfonso, de Madrid (España).

La pregunta inicial fue qué los había llevado a inscribirse. A Simón lo animó su profesora, que le dijo que escribía bien y que tenía posibilidades de participar. A Samuel, su madre, quien le contó del concurso. Safrys, en cambio, dijo que la motivó “la propia idea de escribir”: “Me parece que es algo maravilloso escribir: es recordar tu vida, todo es hermoso”.

Así nació “Kay Pachata Yanapaq (La que sirve al mundo)”, un relato sobre la defensa del territorio, el respeto a la Pachamama y la importancia de mantener vivo el quechua, escrito por Safrys con la compañía de Suertuda, su perrita. Para escribirlo, contó, la ayudó Cien años de soledad: “yo también hago la semejanza de Macondo con mi tierra, Abancay”.

Simón escribió “El Quinti (Colibrí)”, un relato ambientado en un Quito hipertecnológico y autoritario del año 2125, que contrasta esa ciudad con la comunidad indígena aislada de San Judas Tadeo. Allí, un colibrí andino cae asfixiado en medio de un mundo donde escasean el aire limpio y el agua, mientras los pueblos indígenas luchan por conservar sus territorios y tradiciones. Simón empezó y reinició su cuento unas quince veces después de descubrir que su primer borrador se parecía demasiado a un libro sobre el futuro que había leído. Quería “hacer notar la cultura indígena de mi país” y terminó mezclándola con la ciencia ficción. Samuel, por su parte, imaginó en “Manual para cambiar el mundo” a un niño preocupado por el deterioro del planeta y la crisis del agua, que llena un cuaderno de ideas para salvar el mundo y busca la ayuda de influencers para difundirlas. Llegó a su historia después de que un profesor le hablara de países como Burkina Faso, donde muchas personas no tienen agua potable.

Sus historias dejan ver qué les preocupa. Simón recordó los pueblos de las montañas ecuatorianas que quedaron abandonados cuando dejaron de estar conectados con las ciudades por el ferrocarril. Allí, dijo, había visto “a la gente triste, sin sueños, sin oportunidades, que solo están ahí. Nacen, viven y mueren sin propósito”. Le intranquiliza que el mundo ponga cada vez más atención en el cambio climático y la falta de agua y termine olvidando “a la gente que es parte del país, a la gente menos privilegiada”. Safrys habló de la inseguridad y de las diferencias en el acceso a la educación en el Perú. “La educación es muy centralizada: en la sierra no hay mucha educación; en la costa, en Lima, la capital, ahí sí la educación es mayor”, explicó. Samuel volvió sobre el agua potable y dijo que le parece “muy injusto que en algunas partes del mundo sí que hay, y en otras no”.

Al imaginar el futuro, Simón volvió a sus preocupaciones por Ecuador. “Cada gobierno, cada líder promete un cambio, pero cada día que pasa se hunde más”, dijo. Cuando Claros le preguntó cómo quisiera que fuera ese país, mencionó un futuro sin problemas de cambio climático, de agua, ni de seguridad, aunque reconoció que todavía no consigue imaginarlo. Safrys, en cambio, se imaginó “otra vez en mi Abancay, tranquila”, en un país más seguro, con presidentes que tomen buenas decisiones y una mejor educación para todo el país. Samuel imaginó algo más elemental: “cuando yo sea muy viejo o ya no esté vivo, todo el mundo tenga agua accesible en todas las partes del mundo”.

Foto por Mateo Lepesqueur – Cortesía Fundación Gabo

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