Cortesía;
Laura Ximena Orjuela
Jefe de Prensa
Politécnico Grancolombiano
lxorjuela@poligran.edu.co

Por: Rafael García, decano de la Facultad de Ingeniería, Diseño e Innovación del Politécnico Grancolombiano.

Hay algo profundamente fascinante en creer que el campeón mundial de fútbol se puede adivinar. Lo escucho cada cuatro años: listas seguras, favoritos “obvios”, certezas lanzadas con una tranquilidad que no resiste el más mínimo análisis. Yo me paro en otro lugar. No desde la adivinación, sino desde las probabilidades, donde el fútbol deja de ser fe y empieza, inevitablemente, a ser datos.

Entre clases, discusiones y ejercicios, este análisis ha ido tomando forma desde el Politécnico Grancolombiano: no buscamos acertar un nombre, buscamos conocer el margen de lo posible. Y eso cambia todo. Porque cuando uno deja de preguntar “quién gana” y empieza a preguntar “qué tan probable es”, la predicción se desarma.

La primera ruptura no es fácil de aceptar, pero es necesaria: no, no se puede predecir un campeón. Se pueden modelar escenarios, ajustar probabilidades, mejorar la intuición. Basta recordar Francia-Senegal (2002), Argentina-Camerún (1990) o el más reciente Argentina-Arabia Saudí (2022): la certeza no existe. Quien cree que sí, no está viendo fútbol, está comprando un relato. Y el problema es que ese relato vende mejor que cualquier dato.

Los modelos ayudan, pero también nos obligan a mirar distinto. Los sistemas tipo ELO ordenan equipos sin dejarse llevar por la emoción. Otros modelos no celebran goles épicos, estiman cuántos goles son realmente probables, y algunos hacen algo más incómodo: no eliminan la duda, la miden. Al final, no tenemos una respuesta, sino un mapa mucho más honesto de lo que podría pasar.

Al simular miles de torneos con métodos de Montecarlo aparece una verdad que desmonta muchas ilusiones, y es que el mejor equipo casi nunca gana “por ser el mejor”. Algunas veces, al iniciar el torneo, tiene 20% o menos de probabilidad y aun así sale campeón. Eso debería incomodar más de lo que creemos. El fútbol no siempre premia al más fuerte, sino al que logra atravesar mejor lo impredecible.

Y si miramos el juego como un sistema, la cosa cambia aún más. La teoría de grafos nos muestra que no siempre manda la estrella. A veces, el jugador clave es el que conecta, el que sostiene la red. Quitar esa pieza no se nota en el titular, pero rompe todo el funcionamiento. Ahí el fútbol deja de ser intuición y se vuelve estructura.

Claro, hay límites. Podemos incluir lesiones, probabilidades de sanción, escenarios adversos. Pero todavía hay factores que se escapan: la presión real, el liderazgo en el momento justo, una decisión arbitral que reescribe la historia en segundos. Ese margen no se elimina. No es una falla del modelo, es justo el espacio donde el fútbol sigue siendo impredecible.

Mientras tanto, apuestas, medios y clubes ya entendieron algo que al hincha le cuesta aceptar: no necesitan certezas, necesitan probabilidades bien calibradas. Porque el negocio no está en acertar, está en anticipar escenarios. Y ahí es donde se revela que el Mundial nunca fue una pregunta sobre quién va a ganar, sino sobre cuánto estamos dispuestos a creer en lo improbable.

Lo mejor que podemos hacer es disfrutar la fiesta del juego.