En sus comienzos como jugador y en el Campín en la puerta de Millonarios

Por:
Jorge Manrique Grisales
Coordinador de la Especialización en Periodismo Deportivo
Escuela Nacional del Deporte
Publicado en la Revista Olímpica Digital
comunicacionescoc@coc.org.co

  • Gabriel Ochoa Uribe, el más triunfador de los técnicos colombianos.

Aunque la vida del médico Gabriel Ochoa Uribe, fallecido el pasado sábado, 8 de agosto, parece estar por fuera del círculo olímpico, queremos rendirle un homenaje, por lo que significó como forjador de jugadores y entrenadores, que propiciaron el crecimiento actual del fútbol colombiano.

Del médico Gabriel Ochoa Uribe se pueden decir muchas cosas y eso puede verse por estos días en múltiples notas de prensa, a raíz de su fallecimiento, el pasado sábado en Cali, a la edad de 90 años. Lo cierto es que ha sido el técnico más ganador de todos los tiempos en el fútbol colombiano. Su depurada fórmula es tan controversial y misteriosa, como la vacuna para el COVID-19, pero tiene los ingredientes propios de quien siempre tuvo liderazgo en todos los aspectos de su vida.

El aislamiento obligado por la pandemia del COVID-19 obligó a llorar casi que en silencio la partida del médico Ochoa Uribe. No hubo caravanas ni la vuelta olímpica póstuma de los hinchas en el Pascual Guerrero. Todo quedó en familia y en el reguero de mensajes, crónicas y notas en las redes sociales, en las cuales hoy se mueve la existencia.

Ochoa Uribe despuntó con el fútbol profesional colombiano, a finales de la década de los años 40. En la década de los 50 gozó de las mieles de la época dorada del fútbol colombiano, al lado de Adolfo Pedernera, en Millonarios. Después estuvo en el exterior e inició su carrera como médico. Su trayectoria, pero sobre todo su modelo mental, lo llevaron a convertirse en técnico, primero de Millonarios y después de Santa Fe, equipos a los que llevó a la conquista del campeonato, con los azules, en cinco ocasiones, y con los rojos, en una.

A pesar de que se le criticó su fútbol defensivo basado en resultados, de su mano brillaron goleadores como Willington Ortíz, en Millonarios; o «El Tigre» Gareca en América. Pero también sabía cómo defender la puerta, pues él conocía por experiencia propia lo que era la “soledad de los tres palos”, como la llamó el escritor Eduardo Galeano en su libro Fútbol a Sol y Sombra. En esa posición tuvo a Otoniel Quintana, en Millonarios, y a Julio César Falcioni, en el América y con ambos mantuvo marcadores cuando ya se habían quemado los cartuchos con los delanteros.

De hecho era fundamentalmente un hombre que sabía ver y sentir el fútbol, para resolver sobre la marcha sin celebrar en exceso. Llevó al América de Cali a su primer título, en 1979, para enterrar la llamada “Maldición de Garabato” -una influencia negativa surgida a raíz de un maleficio lanzado por un odontólogo caleño- a punta de mentalidad ganadora. Vendrían seis títulos más y tres finales de Copa Libertadores.

Momentos gloriosos -pero también tristes, como el sueño de la Libertadores que se vio frustrado y que estuvo a segundos de obtenerse las veces que enfrentó a Peñarol de Montevideo y a Argentinos Juniors-, no lo desestabilizaron. Tampoco le pasó factura de cobro a ninguno de sus dirigidos por los errores que sepultaron el sueño de ser campeón continental.

En medio de los homenajes que le rindieron sus dirigidos ante su partida el pasado sábado 8 de agosto fue evidente el recuerdo de su entrega y su estrategia pulida con el conocimiento de los rivales, que obtenía de las venerables videocaseteras de los ochenta, en las cuales observaba partidos. Gastaba el tiempo que fuera necesario para descubrir las claves del rival y eso se lo enseñó a ver también a sus jugadores.

De su legado pudiera hablarse de dos alumnos directos, el hoy técnico de Emiratos Árabes, el santandereano Jorge Luis Pinto y el argentino Ricardo Gareca, seleccionador de Perú. Pero hay otro en la distancia que tiene cosas del médico Ochoa U: el hoy técnico de Atlético Nacional, Juan Carlos Osorio, a quien a su paso por la selección de México le llovieron críticas, pero que hoy en ese mismo país se le reconoce como uno de quienes más saben de eso que llaman fútbol.

Respeto… es la palabra que se viene a la mente cuando se habla de la obra del médico Ochoa Uribe, un antioqueño que se enamoró de Cali y se quedó a vivir allí lo que le quedó de existencia. Eso sí muchos de los secretos para ser el técnico más ganador se los llevó a la tumba, entre ellos el de la vacuna contra la “Maldición de Garabato”.